Sumido en una espesa niebla
duerme indolente Valparaíso,
mientras yo, de la mano aún cruenta
de aquellos, mis rojos cigarrillos,
converso con la distante Luna
que lejana, abrazo con sigilo.
Despertadores secos como balas,
alejan la plácida madrugada,
recordando que Valpo no descansa
en esta fría y tenue velada.
Yo, un poco ajeno y presente
contribuyo de a poco con humo,
de mis veintiún cigarros malolientes,
a ocultar el crepúsculo nocturno.
Mas no es lo suficiente espesa
la bruma que aleja mis delirios
de esta larga historia incierta
entre esa Luna y mis suspiros.
Prendo más, más y más con el anhelo
de que al fin uno sea el último.
El que ponga término a mi lamento,
a este ritual mío, tan estúpido.
Sin embargo, los dos siempre sabemos
que no pararemos hasta el claro,
donde con pena nos despediremos
hasta el latente próximo ocaso.
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