El puerto reflejado en tus ojos se torna
irremediablemente más negro.
Nuestras casas son como los balcones jamás imaginados por Shakespeare,
de precarias condiciones, muy lejanos a la utopía burguesa y al cielo
estrellado que vemos por la televisión. Nuestras estrellas ya no están,
solo tenemos artificios que con nostalgia nos recuerdan que alguna vez
existieron los astros sobre nuestras cabezas.
Ya no hay lunas, solo centros comerciales y cines siempre insomnes...
Pero no importa mientras seas tú quien, fraterna por los caidos, lo
decore.
Casi me haces olvidar que mañana debemos volver a nuestras
labores, impuestos por la sociedad que limita nuestros amores. Tu cara
cansada y ojerosa es un cruel reflejo de la mía.
Mitad de semana; la
noche más fría que ayer; el mar más apagado que de costumbre. El cambio
de hora nos ahuyenta de la naturaleza y sus confines, desterrándonos a
la ficción; pero tu corazón y tus ojos rebeldes:
¡No!
¡Abracemos la arena endeble!
y entre sirenas y espesa bruma:
¡Vivamos el momento aunque la libertad nos cueste!
Deberíamos descansar para mañana, le recuerdo.
¿Para qué quieres mañana si tu presente es un infierno?
¡Disfrutemos la tibia noche! Para así grabar en las huellas nuestro tenue momento.
Muy cansado para leer, para trabajar; me siento y me recuesto. Me
tiento y sin más recuentos nos rendimos, entregados, en el cemento,
infieles al incensato soneto, al murmullo de la decadencia, hasta ser
perturbados con violencia: ¡Aquí no se puede!, gritan con vehemencia.
Extraño los tiempos en que no importaban los lugares ni los presentes. Pues las almas, rara vez, convergen.
¿Esperamos entonces, a que todo termine?
En polvos estelares, quizás al fin, sin deudas que pagar ni apresuradas
madrugadas desmoronándose, podamos a destajo, y absueltos del día a
día, amarnos sin alba y sin ocaso.
Sí, quizá llegamos a un punto en
el que solo nos rendimos, a esperarnos difuntos, para resucitar en el
olvido; mientras quienes amamos se pierden tal vez para siempre, en este
mar contaminado pero por siempre presente, que nos cuestiona a
nosotros, los seres medio vivientes, qué hemos hecho al rendirnos frente
al pudiente.
¡Basta de esperar a Godot!, le digo tajante.
¡Encontrémonos con el destino y derroquemos al odio imperante! ¡Ya está
bueno de tanta sumisa espera! ¿Cuántos libros hacen falta para despertar
conciencias?
Blancas y celestes y amarillas luces, nublan nuestra
vista y reflexionamos: ¿Así es como son, en realidad, las estrellas?; y
el negro humo con hojas calcinadas: ¿Así luce la materia oscura?; y los
aviones comerciales y las luces de Bengala: ¿En verdad así son los
ovnis? ¿Es eso un quasar?
Y cuando al fin vislumbramos nubes blancas y simplemente puras:
En la tele se veían más blancas
¡Sí! ¡Con sus millones de pixeles, sí!
En la tele se veía más bonito
aclamaba la multitud.
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