lunes, 16 de junio de 2014

Día 6600~ en el limbo

Sentirse vacío es la costumbre. Nada me llena. Nadie me llena.
Todos de alguna u otra forma me dan la espalda.
Doy lo mejor de mí y no soy recompensado. Doy lo peor de mí y tampoco te manifiestas. Ahí. En la decadencia.
Si no fuera por este incesante dolor entre los pectorales, pensaría, sin duda, que este es un mal sueño. Quizá esto es un coma. Quizá, siendo más extremista, esto es una ficción. Quizá nunca vivimos. O soy la marioneta de alguien más.
¡Qué triste marioneta!
¡Qué horrenda historia!
Espero.
Respiro para amenizar la espera.
Me drogo para que la espera no sea tan eterna.
Me enamoro para darle un poco de vida a la espera.
Estudio para no esperar siempre de la misma manera.
Para cambiar las perspectivas de mi espera.
Y para convencerme quizá de que esta espera tiene algún sentido.
Que vale algo.
Que para alguien vale algo.
Haga lo que haga, siempre lloro. No lloro de tristeza, ni de rabia, ni de melancolía. Lloro de impotencia. Por estar esperando, a la deriva. A que llegue algo y llene los vacíos generados a lo largo de mi vida. Pero no.
Silencio.
El ambiente de siempre aquí en el limbo.
Silencio.
No hay nada peor que el silencio, dicen algunos. No puedo estar más de acuerdo con ellos. Pues, en realidad, no existe el silencio. Si no hay ruido afuera, empiezo yo con mi ruido -lo que es mil veces peor.
Preferiría que me regañes o que me alabes. Que me odies o que me ames. Que te burles de mí o que me respetes. Que me escupas o que me beses. Pero no.
Silencio.
Ni siquiera osas mostrar ni un poco de ti. Solo en mis sueños. En palabras perdidas. Por ahí.
Renuevas mis esperanzas cada alba. Y las destruyes cada madrugada.
Y no. No puedo abandonar. Ni aunque quisiera. Porque del limbo no hay escapatoria. Es la tortura final. La tortura de la que no te puedes esconder. Una tortura personal, intransferible y en todos presente. Pero...
¿Qué hice yo para merecer esto?
Bah. Como si importara de algo.

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